La verdad del escritor

En la nostalgia se encuentran muchas plegarias, pero también muchas satisfacciones; un extraño placer que viene desde las entrañas del tiempo. El tiempo y la letra están ligados, no sólo por su encuentro cronológico, sino también por el poder que el segundo obtiene del primero.
Y tener todo ese poder, de moverse a través de la atemporalidad, es una responsabilidad que puede llegar a destruirnos, siendo nuestra única salvación el innovar.
Un escritor debe ser innovador. Cualquier artista (que se redescubra como tal) lo sabe: en el arte está la forma de comunicación más noble pues, el autor y su contraparte se desnudan: uno para ser visto por el mundo y el otro para verse a sí mismo (tarea titánica que sólo los innovadores pueden lograr).
En la escritura el ejercicio es lo mismo, extrapolarlo todo hasta que seamos una semilla de verdad, envuelta en ficción. Se escribe del pasado, presente y futuro, y en todo hay melancolía, está empapada en cada enunciado. Atravesar esa melancolía es como hacerlo con el fuego, para volver a nacer, esta vez con nuevos bríos.
De modo que, la próxima ves que leas algo de este particular modo en el que veo la vida, tendrás la obligación de escudriñar mis pensamientos... Y los tuyos.

Eclipse de luna

Y esa noche nos vi juntos, tomados de la mano, mirando un cielo que no era infinito...


Para quienes ya conocen mi manera de escribir, y la frecuencia con la que lo hago, deben saber bien que tendré periodos de iluminación y otros helados.
La segunda parte de la entrada: dos películas un director, estuvo lista desde el primer día que subí la primera parte, pero olvidé subirla antes de que mi primo Alexis se fuera, y en su lap está el texto completo :(
Esperaré a que regrese.

En fin, hoy hay entrada nueva.

Como ya saben, este domingo se pudo ver en México uno de los muchos fenómenos espaciales, y tuve la dicha de verlo en primera fila, con una ciudad dormida y un cielo sin nubes, pero con muchas estrellas. A pesar del frío, acerqué mi sillón a la terraza y quedé hipnotizada por la vista nocturna, por la sombra que nuestro planeta le hizo a la luna, que irónicamente se veía más hermosa que otros días.
Todo eso me hizo recordar una de mis tantas anécdotas de la infancia, que iré posteando de poco a poco.
Cuando tenía mmm, la verdad no recuerdo cuántos años, pero sé que estaba en la primaria, comencé a apasionarme por la astronomía. Mis papás me compraron el juego de telescopio Mi Alegría, que no sirvió, sólo si mirabas con las lentes por separado (cosa rara). Desde entonces mi fascinación por el espacio fue creciendo más y más, hasta el punto de considerar ser astronauta (qué??!!! por qué desistí a eso!! jaja).
Sucedió una noche mientras mi abue miraba las noticias: se anunciaba que varios planetas iban a poder verse a simple vista; mercurio, marte, venus y júpiter, creo saturno también, y lo único que tenías que hacer era sacar la cabeza por la ventana y observar el espectáculo.
¡La inocencia es algo maravilloso! La ignorancia... no tanto, pero si vienen juntas pueden volverse algo tierno o decepcionante, depende del ángulo de quién lo ve. Entonces la pequeña Chelito, desde ese momento, comenzó a soñar todas las noches que veía los planetas desde su ventana, todos del tamaño del cielo, de la vista misma, como los soles gemelos de Tatooine o como grandes ojos vigilantes.  El sólo pensar en ello erizaba mi piel y hacía que me diera un dolor extraño en el estómago, que paraliza como una caída desde lo alto pero que volverías a repetir una y otra vez. En el noticiero dieron una fecha, y yo la marqué en mi calendario mental con tinta roja indeleble.
El tan esperado día llegó. Desde la mañana mi corazón temblaba. Ya me había encargado de esparcir la noticia en todo mi salón de primaria y con toda mi familia, pero nunca nadie me dijo la verdad...
Se acercaba la noche, yo estaba muy nerviosa porque había llovido en días anteriores, con un poco de frío, y para la ocasión eso no pintaba bien. Un cúmulo de nubes nerviosas se amontonaron, yo creo que también querían ver el show. Dieron las ocho, las nueve, las diez... nada. Sólo nubes y lluvia, ni una sola estrella. Terminé devastada. Dormí llorando, y volví a tener ese sueño, donde los colores en el cielo eran sacados de un cuadro famoso y los planetas se aproximaban a la tierra como para abrazarla, yo miraba, yo me dejaba llevar por la energía de la creación, del todo, mis ojos estaban ahí y no querían irse nunca.
Pasó otro día, con las mismas ganas y tan poco cielo...por fin, en el cuarto o quinto día, las nubes decidieron ser buenas conmigo: sólo las estrellas habituales, uno que otro lucero.
Eso era.
Lo vine a entender después de muchos años; los planetas estaban frente a mí, probablemente gritando mi nombre, "Chelito, ven, voltea!" Seguro recuerdan mi rostro emocionado y confundido, intentando buscar lo que mis sueños creyeron.
Si regresara al pasado y me viera contemplando el cielo desde la ventana, lo más lógico sería hablarme con la verdad desde el principio pero, ¿arruinarme todas esas noches de sueños locos y mariposas recién salidas del capullo directo a mi estómago? JAMÁS.

Lo más cerca que he estado de todo eso fue este domingo, con un catalejo en la luna y mi corazón en alguna parte del universo.